Monday, June 25, 2007

Por una vez la opinión se impuso al aparato. ¿Durará?

Por una vez la opinión se impuso al aparato. ¿Durará?

Por: Ignacio Zuleta
Ámbito Financiero

La principal dificultad con la que se tendrá que ver Mauricio Macri desde la heterogeneidad del armado de su triunfo, es con el arco amplio y odioso de adversarios que creó en esta elección. Tuvo en contra al gobierno nacional, los animadores y opinadores de los medios y los funcionarios de todos los niveles, sumó la indiferencia del sector empresario -raro cuando quienes lo combaten le atribuyen ser un bastonero del mundo de los negocios- y de la economía. Esos adversarios lo miran como enemigo; para peor, no por lo que hace sino por lo que es. El primer empeño del ganador será convencer que él no es lo que es, sino lo que hace o puede hacer.

Lo de Macri es un raro episodio que quiebra una constante de la política argentina de estos años: el sistema electoral desenganchado del sistema de opinión. La frágil construcción política del macrismo parece haber vencido, por una vez, a la política de aparatos, que es la que instauró al actual gobierno nacional. El apartamiento de esa maldición de un país mortificado por gobiernos que fracasan, pero que se rehacen desde el poder para mantenerse con la promesa de que esta vez será distinto, es lo más alentador de la elección porteña de ayer.

Macri ha venido además a ofrecer un cambio que nadie sabe en serio si va a poder cumplir: no tiene experiencia de gestión y la marea que lo pone en el cargo de gobernador del distrito federal se nutre de los restos del naufragio (peronismo, radicalismo, conservadurismo, clericalismo, independientes). También ha venido a expresar la condición del ciudadano de estos tiempos: no quiere que nadie lo represente, sospecha de quien quiere gobernarlo, rechaza a quien quiere seguir gobernándolo.

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Más una guerra florida que una elección que decidiera posiciones de poder, la victoria de Macri importa más por las señales que lanza que por el rumbo que puede darle a la política argentina hacia adelante. La primera es la respuesta del electorado porteño al agravio desde el gobierno nacional, que durante tres semanas dijo, a través de todos sus voceros, que se había equivocado en la primera vuelta.

El voto de la víspera fue otra oportunidad que tuvo el público de manifestar rechazo hacia el poder: Macri sumó más de 15 puntos a los 45,76 que sacó el 3 de junio. Calló Néstor Kirchner en las dos últimas semanas de la campaña, advertido de que si seguía abriendo la boca lo sepultaba más a Daniel Filmus. Pero dejó escrito el libreto a todas las bocinas del oficialismo: que no se equivoquen los porteños, que no lo conocen a Macri, que les van a subir los impuestos, que le van a privatizar todo, que va a echar a los empleados municipales, etc. Pese a ese mensaje, o gracias a él, se sumaron más de 250 mil porteños al apoyo de Macri, desafiando ese reto presidencial y afónico. Macri parece empujar al público más como estandarte del rechazo a todo lo que venga de arriba por encima de que lo considere un buen candidato a gobernarlo.

Es nuevo Macri, pero no es nuevo este ánimo desde que asumió Kirchner el gobierno. Primero fue la protesta de Juan Carlos Blumberg, después la elección legislativa de 2005 en la cual el oficialismo cosechó apenas 26,4% de los votos positivos, más tarde Cromañón, que volteó a gobernantes del kirchnerismo en el distrito vidriera del país, con fundamentos por lo menos discutibles en lo técnico pero apabullantes en lo político: fue otro capítulo del No de los sectores medios al ciclo duhaldo-kirchnerista. Esto presenta el resultado de ayer menos como una proeza de Macri que como un gesto de la muchedumbre cuando le dan una oportunidad de expresarse. Frente a eso, el gobierno nacional acumuló sellos de goma, funcionarios, locutores y artistas de medios oficiales u oficiosos, prensa adicta o que acompaña. La intención era la anunciada: poder decir hoy que Kirchner puede apoyarse en «el resto» que perdió la elección porteña, pero que no es el 23,75%, sino que arañó los 40 puntos.

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El resultado agrava el drama de Kirchner como presidente de minorías; es de la estirpe de los mandatarios surgidos desde una derrota en las urnas y con el cargo ganado en la AFA. Le ocurrió a George W. Bush, calificado también como un «minority president» tras su derrota ante Al Gore en las urnas, y que pudo revertir en la Suprema Corte de su país. Las primeras escaramuzas de su gobierno, cuando casi hace estallar una guerra con China, y su cruzada después en Irak las han explicado los observadores como una forma de redimirse de ese pecado original.

También Kirchner surgió de una derrota ante Carlos Menem y con apenas 22% de los votos -la mayoría aportados además por su socio de entonces, Eduardo Duhalde-; su estilo agresivo de cazar elefantes en un zoológico (figura que consagró Elisa Carrió), la confrontación con un sector de la prensa a la que cree vocera del antiperonismo, su desdén por el voto de los distritos adversos, pagarle u$s 10 mil millones al FMI para que lo creyeran liberado de sus ordenanzas, son también gestos explicables por su necesidad de superar su nacimiento como un presidente de minorías. La elección de ayer no mejora esa condición en el segundo distrito del país en cantidad de votantes, y en el cual gobernó hasta abril del año pasado a través de Aníbal Ibarra. Le es difícil construir algo en la Capital, y por extensión en el resto del país, por la heterogeneidad de ese casi 40% que acumuló Filmus.

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Toda construcción política es también negativa, como todo discurso político es un antidiscurso; la acumulación política no es sólo a partir de las afinidades positivas, se nutre de la negatividad del rechazo hacia el adversario. Esa negatividad tiene fuerza, lo que no tiene quizás es perduración en el tiempo, porque las negatividades evolucionan con el tiempo y anulan su eficacia.

Esto corre también para Macri, a quien la heterogeneidad del voto que lo apoyó es también un enigma en cuanto a construcción política. Lo sabe el ganador de ayer, que en su elección de 2003 fue acompañado por dirigentes que duraron poco a su lado y terminaron nutriendo a sus opositores; fueron diputados con él Jorge Argüello, Paola Spátola, legisladores Chango Farías Gómez, Florencia Polimeni y tantos otros que alimentaron luego al ibarrismo y al kirchnerismo. Como ha ganado le será más fácil retener adhesiones y seguramente no tendrá la dispersión de sus bloques legislativos que vivió después de 2003. Es una necesidad, además, en un distrito que viene de la experiencia perturbadora de la destitución de Ibarra como consecuencia de un acto de gobierno que le fue incriminado como descalificante para permanecer en el cargo. Macri alimentó esa destitución que fue posible porque Ibarra había desatendido la necesidad de contar con un bloque legislativo propio que frenase cualquier manotazo de la oposición para destituirlo, algo que sabe cualquier presidente cuando «pisa» la Comisión de Juicio Político con más celo que la de Presupuesto y Hacienda.

Contra lo que afirman desde el gobierno, nada más lejos de la intención de Macri de pronunciarse desde ahora como jefe de la oposición. Esperará, cuanto más, que eso se lo vaya armando en su derredor el fluir del tiempo y de los hechos. Cree, como el resto de la dirigencia política, que tiene que convivir con los Kirchner en la presidencia de la Nación durante su primer mandato por lo menos.

Quienes lo conocen creen que irá por la presidencia en 2011, si no lo voltea antes la silla eléctrica de la Ciudad de Buenos Aires. Un plan con el que suele bromear ante sus amigos es que dedicó diez años a las empresas -hasta 1995- diez años a Boca Juniors -terminó este año-y que dedicará los próximos diez años a la política. Desprecia las advertencias de quienes le dicen que es un oficio en el que se ingresa fácil pero del cual es casi imposible salir, salvo que uno se resigne a pasar una temporada en el infierno (los Tribunales). Como no es un político de profesión -aunque sabe comprar política en donde esté- cree en los péndulos (país a la izquierda, país a la derecha, en vaivén casi físico) y en los ciclos generacionales. De ahí saca la idea de que los Kirchner han de perimir con los años y que el cansancio propio, y el del público, más que la voluntad de los adversarios, los terminará sacando de la cancha.